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¿Cuándo pensamos en la lactancia materna? #DeAcuerdoAMiExperiecia

Cuando está por llegar la fecha del nacimiento de nuestros bebés, la mayor felicidad se aproxima, pero inevitablemente las preguntas y dudas nos invaden.

Que si le compro «X» pañales para que le caigan bien, que si debo tener ropa muy abrigadora para que no enferme, que si lo voy a cargar demasiado o mejor no. Un sinfín de cuestionamientos nos rondan por la cabeza.

Pero algo de suma importancia, y que al menos yo no tenía muy presente, fue el proceso de lactancia al que me enfrentaría. Llegó el 2 de octubre, que literal “no se olvida”, y con él me convertí en mamá de una hermosa niña de poco más de 3 kilos y 50 centímetros.

Tras haber pasado las primeras horas en el área de recuperación, las enfermeras me llevaron a mi hija para que le proporcionara alimento, evidentemente fue un desastre porque aun cuando sabía las técnicas para amamantar de forma exitosa, el objetivo no se cumplió.

Mi bebé desconocía cómo agarrar de forma adecuada el seno y yo no sabía cómo ayudarle para que ambas lo disfrutáramos y yo no sufriera aquellos dolores que todavía tengo presentes.

 

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Tras varios intentos y mucho dolor por fin lo logramos, pero mis senos comenzaron a grietarse y con ello el malestar era cada vez mayor. Las técnicas que me enseñaron durante el embarazo en esos momentos no me ayudaron mucho, pero quería hacerlo porque sabía de los beneficios que la lactancia tiene, no solo para el bebé, sino también para la madre.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la lactancia materna reduce la mortalidad infantil y tiene beneficios sanitarios que llegan hasta la edad adulta. Además, en la mamá reduce el riesgo de cáncer ovárico y mamario.

Poco a poco fui aprendiendo que la misma leche era un lubricante para mis senos y que debía limpiar únicamente con una gasa húmeda los residuos que quedaban tras cada toma. Las grietas fueron desapareciendo, terminó el martirio que sentía cada vez que mi hija pedía de comer.

Pero luego llegó otro problema: lloraba mucho por las noches, por la mañana, en la tarde y todo el tiempo.

 

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Acudía al médico frecuentemente, creía que tenía cólicos, que estaba enferma. Pero no, ella tenía un buen peso, y el médico pediatra me explicó que hay niños que demandan más leche y quizá Isabela no se llenaba; y además que un bebé lactante tiene una digestión mucho más rápida que un bebé alimentado con fórmula.

Entonces pensé en tomar algo que me produjera más leche y así terminar con la nueva dificultad. Algunas mamás, abuelitas, amigas y  vecinas, me recomendaban tomar cerveza, un té de hinojo, atole de masa, y mil cosas más.

Las enfermeras de Materno Infantil me recomendaron beber al menos dos litros y medios de agua, y estimular la libre demanda del pecho; con todo esto, mi bebé dejó de llorar porque comencé a producir más leche.

Sin duda cada bebé es diferente, al igual que su desarrollo, pero actualmente existe mucha información que nos ayuda a entender mejor el proceso de la lactancia, sus beneficios y cómo llevarla de una forma placentera y exitosa.

Actualmente, Isabela tiene un año y aún disfrutamos juntas de este proceso maravilloso.

 

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Verónica Macias

Reportera

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