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Los pueblos que aún nos dan alma

Pulso chintololo: la ciudad desde Azcapo

Azcapotzalco no sólo es mi casa: es mi raíz, mi voz, mi historia. Y no lo digo como cliché de comercial de refresco, sino con la certeza de quien creció entre calles con nombres en náhuatl, fiestas patronales con cuetes que asustan hasta al más valiente, y mayordomos que llevan generaciones sosteniendo lo que muchos ya ni recuerdan: el alma viva de esta ciudad.

En la Ciudad de México hay poco más de 140 pueblos y barrios originarios reconocidos oficialmente. Sólo en Azcapotzalco contamos con 27 pueblos y barrios originarios, y eso sin contar los que sobreviven en la memoria oral, en el altar del Día de Muertos, en el rezo de la abuela o en el caporal que organiza la danza cada julio. A veces parece que los ven como si fueran decorado folklórico para turistas, pero son otra cosa: son la columna vertebral de la identidad chilanga.

¿Quién sostiene las danzas, los tianguis, las peregrinaciones, las ferias del elote, la fe en San Martín Caballero y en el Señor de los Trabajos? No, no es la influencer de la Roma que se acaba de tatuar una serpiente emplumada en la espalda. Son ellos: los pueblos originarios, los de aquí desde antes que llegaran los españoles, los que han resistido siglos, gobiernos, modas, gentrificaciones y hasta remodelaciones de banquetas.

Y aunque hoy muchos digan que hay mucho que hacer en CDMX, lo cierto es que no todo es renta de bicis ni cafés aesthetics, mucho menos restaurantes que ofertan gastronomía a costos impagables.

En esta ciudad también hay chinampas, hay campanas de iglesia que suenan desde hace 300 años, hay fiestas donde todavía se reparten tamales en hojas de totomoxtle y hay cocineras que hacen mole sin necesidad de tutoriales de YouTube. Hay ferias, procesiones, bailes, carnavales y mucha comunidad.

Díganmelo a mí, que pertenezco a uno de los pueblos más bonitos de Azcapotzalco. A diario me levanto agradeciendo la fortuna de ser oriundo de San Martín Xochinahuac, de que mis raíces sean tepanecas y de poder contribuir al crecimiento de la cultura chintolola.

Por eso el reconocimiento ante la SEPI (Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes) no es solo un trámite. Es una forma de decir: “Aquí estamos y seguimos vivos”. Es exigir presupuesto para conservar sus espacios, es pelear por que no les construyan encima, es pedir que su voz esté en las decisiones de ciudad. Porque no son un souvenir: son ciudadanos con derechos, historia y mucho que enseñarnos.

Azcapotzalco —que significa ‘en el hormiguero’— es eso: un conjunto de pueblos trabajadores, organizados, que resisten. ¿Sabías que hay barrios como San Miguel Amantla, Santa Bárbara o San Pedro Xalpa que tienen registros históricos desde el siglo XVI? Y siguen celebrando, rezando, danzando y exigiendo respeto.

A veces me da risa —y tristeza— cuando escucho a algunos decir que los pueblos ya no existen, que son cosa del pasado. ¿Perdón? ¿Y entonces qué fue lo que me despertó anoche con cuetes a las 3 de la mañana? Eso no es pasado, eso es presente con pólvora incluida. Y sí, puede que nos saquen un susto, pero también nos sacan lágrimas de emoción cuando vemos a los niños aprender a bailar conchas, a las abuelas bordando en el atrio de la parroquia o cuando corren lágrimas por los rostros de mi gente porque sabemos que el sonido de un cuete en el aire significa la partida de un ser querido. 

Así que si vives en esta ciudad y no conoces sus pueblos, te estás perdiendo de lo más sabroso y verdadero que tiene. No son los centros comerciales ni las cafeterías con columpios. Son los barrios con historia, con costumbres, con gente de palabra. Son el corazón que aún late por debajo del concreto.

Reconocerlos no es un favor: es justicia. Y si Azcapotzalco tiene el privilegio de ser tierra de 27 pueblos originarios, entonces tiene también la responsabilidad de honrarlos, protegerlos y presumirlos. Porque sin ellos, esta ciudad sería pura fachada.

Leonardo Vanegas López
@LeonardoAzca

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