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Del C5 a la calle: la ciudad que queremos cuidar

Entrar al C5 es asomarse al cerebro de la Ciudad de México. Pantallas encendidas, mapas que se mueven en tiempo real, datos que fluyen sin descanso. Ahí estuve recientemente, al participar en el foro Gestión Inteligente: Datos y Resiliencia Urbana, y la experiencia me dejó una certeza que no podemos ignorar: la tecnología más avanzada no sirve de nada si no se traduce en bienestar tangible para la gente.

Estamos en un momento definitorio. Hoy se está trazando la ruta del Plan General de Desarrollo 2025-2045 y, dentro de él, el eje de una ciudad segura y resiliente. Pero vale la pena preguntarnos, con honestidad: ¿qué significa realmente pensar la Ciudad de México del 2045?

El debate que debemos abrir no es cuántas cámaras más necesitamos, ni cuántos sistemas nuevos podemos adquirir. La pregunta de fondo es cómo transformamos nuestra cultura de la emergencia. Históricamente hemos sido una ciudad reactiva: actuamos cuando el sismo ya sacudió, cuando la lluvia ya inundó las casas o cuando la crisis ya estalló. El cambio que hoy se discute implica un giro profundo: pasar de reaccionar a anticiparnos, de atender consecuencias a gestionar riesgos.

Como concejal de Miguel Hidalgo, lo veo todos los días: los riesgos no son democráticos. No afectan igual a todos. Golpean con más fuerza a quienes tienen menos recursos, a quienes viven en zonas con mayor vulnerabilidad urbana o ambiental. Por eso celebro que la visión hacia 2045 plantee un sistema integral donde la planeación territorial y la protección civil dejen de caminar por separado. No podemos seguir autorizando desarrollos inmobiliarios sin una evaluación rigurosa de los riesgos socioambientales. Eso no es progreso; la sostenibilidad real empieza por ahí.

Oscar Munguía, concejal en Miguel Hidalgo y líder social.

El punto más delicado —y quizá el más importante— es la gobernanza del riesgo. El gobierno tiene datos, y el C5 es prueba clara de esa capacidad. La academia aporta conocimiento científico y análisis profundo. Pero muchas veces falta una pieza clave: la comunidad.

La verdadera gestión inteligente no ocurre solo en los servidores ni en los centros de control. Ocurre en la calle, en las colonias, cuando la información baja, se entiende y se convierte en herramienta para la ciudadanía. Si aspiramos a ser un referente internacional de resiliencia urbana, debemos garantizar que el conocimiento no se quede en informes técnicos, sino que empodere a las vecinas y vecinos para participar en la toma de decisiones que afectan su entorno.

La seguridad y la resiliencia no pueden ser privilegios de ciertas zonas de la ciudad. Son derechos. Y solo si logramos alinear la potencia tecnológica de la Ciudad de México con una coordinación metropolitana efectiva y, sobre todo, con equidad social, podremos decir que estamos construyendo futuro. No se trata solo de sobrevivir a los riesgos que vendrán, sino de vivir en una ciudad que cuida a quienes la habitan.

El Plan 2045 es ambicioso. Ahora el reto es que esa letra impresa se convierta en política pública viva. Desde Miguel Hidalgo, estamos listos para hacer nuestra parte.

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