Pulso chintololo: la ciudad desde Azcapo
Crecí en estas calles donde el tianguis era más importante que el súper, donde los tamales del mercado valían más que cualquier brunch hipster y donde lo más sagrado era el saludo entre vecinos. Hoy camino por Azcapotzalco y a veces siento que piso otra ciudad: una con edificios altísimos que no nos hablan ni mucho menos nos escuchan, con rentas que nadie del barrio puede pagar o precio por departamento como si mis pueblos y barrios fueran parte de Santa Fe o de Bosques de las Lomas y con cafeterías que no saben lo que es un buen café de olla o un pancito de elote.
Entre 2021 y 2024, el gobierno panista de Margarita Saldaña dejó entrar esa ciudad ajena por la puerta grande. Su administración otorgó permisos de construcción como si fueran volantes, entregando el territorio a desarrolladoras que no entienden ni les importa la historia de estas colonias, de los pueblos y barrios originarios de los que tanto he hablado.
Y aunque nunca lo dirán abiertamente, se presume que Saldaña formó parte del llamado Cártel Inmobiliario: una red de corrupción que comenzó en Benito Juárez, se extendió a Miguel Hidalgo, Cuajimalpa y terminó retumbando también en Azcapo. Permisos a cambio de moches. Departamentos por debajo de la mesa. El saqueo disfrazado de desarrollo y urbanización a lo que mejor le diremos, gentrificación

Pero algo está empezando a cambiar. Con la llegada de Nancy Núñez y el nuevo gobierno morenista, se empezó a revisar el desastre heredado. Las construcciones irregulares, los permisos turbios, los proyectos que crecieron como hongos sin control. Frenar todo eso no es fácil, ni rápido, pero ver a una administración decir “no más” y enfrentarse al monstruo inmobiliario ya es un acto de resistencia.
Porque la gentrificación no sólo cambia fachadas: borra historias. Desplaza a los de siempre, transforma fondas en rooftops, convierte pan de pueblo en “bakery artesanal” y a los vecinos en extraños. Nos quieren vender modernidad, pero los chintololos sabemos que es despojo. Y no todos estamos dispuestos a entregar nuestras banquetas, nuestros recuerdos y nuestras casas con olor a mole por un departamento con vista a ninguna parte.
Lo que duele de la gentrificación no es sólo el concreto, es la arrogancia de querer borrar lo que somos. Por eso celebro que en Azcapo todavía se escuchen sonideros, se huelan tamales al amanecer y se monten ofrendas comunitarias. Que aquí la fiesta patronal no se ha rendido y el barrio no se ha vendido.
La lucha por Azcapotzalco es por el espacio, sí, pero también por su alma. Y muchos, como yo, seguimos aquí. Con la memoria viva y los pies bien plantados.
Aquí resistimos.

El asertivo Información