El sonido de la alerta sísmica en la CDMX no es sólo un aviso: es memoria pura. Es 1985, 2017. Es el polvo suspendido en el aire y los nombres que aún pronunciamos en voz baja. En esta ciudad aprendimos, a golpes, que la tierra no perdona la improvisación.
Esta semana participamos en el Primer Simulacro Nacional 2026. Y la pregunta incómoda es inevitable: ¿estamos haciendo un simulacro… o estamos simulando que nos importa?
Recorrer las calles de Miguel Hidalgo durante estos ejercicios deja una sensación agridulce. Hay brigadas comprometidas, sí. Pero también hay selfies en las escaleras, risas nerviosas, mensajes de WhatsApp enviados mientras se evacúa. El celular, que podría ser herramienta de emergencia, termina siendo el distractor que nos roba segundos vitales. Y en un sismo real, los segundos no se negocian.
Desde una visión progresista de gobierno, la protección civil no puede reducirse a cumplir con el calendario. No es una foto para redes ni una palomita en el informe anual. Es una política pública de cuidado colectivo. Es entender que la prevención es un acto de justicia social: quienes más sufren en los desastres son siempre los mismos, las y los trabajadores, las familias que viven al día, quienes habitan edificios con mantenimiento postergado.
En mis visitas a escuelas públicas de la demarcación, algo me ha marcado profundamente: la voz de las y los jóvenes. Se acercan para señalar grietas, rutas de evacuación bloqueadas, escaleras insuficientes. Lo dicen sin estridencias, pero con claridad. Ellos no están jugando al simulacro. Ellos están viendo riesgos reales.
Y eso nos obliga. No podemos desestimar su mirada. Si un estudiante detecta una fisura estructural o una puerta obstruida, la autoridad tiene la responsabilidad ética y política de actuar. Escuchar a la juventud no es un gesto simbólico; es una estrategia de prevención.
México registra en promedio entre 70 y 80 sismos diarios, la mayoría imperceptibles. Vivimos sobre un territorio dinámico. En Miguel Hidalgo convivimos con edificios de gran altura, zonas con antecedentes de minas y una infraestructura que exige mantenimiento constante. La vulnerabilidad existe, aunque el cielo esté despejado.
Por eso el llamado es claro: Toma el simulacro en serio, suelta el teléfono, ubica tus rutas de evacuación, y señala riesgos sin miedo.
La cultura de la prevención no es un trámite burocrático: es un pacto comunitario. Es el respeto que le debemos a quienes ya no están y la responsabilidad que tenemos con quienes hoy caminan nuestras calles.
Como concejal, mi compromiso es fortalecer los protocolos, supervisar que las observaciones en escuelas sean atendidas y empujar presupuestos que prioricen la seguridad estructural sobre el gasto superfluo. Pero la prevención no se decreta desde una oficina; se construye desde la conciencia colectiva.
Cuando la tierra vuelva a hablar, porque volverá, no nos va a salvar la foto del simulacro. Nos va a salvar lo que hayamos aprendido, corregido y ensayado con seriedad.
Entre el simulacro y la simulación hay una línea delgada. Y cruzarla puede costar vidas.

El asertivo Información